La crisis económica no ha terminado y ya podemos ver sus efectos en nosotras: nuestras condiciones de trabajo empeoran y se generaliza aún más la precariedad. Somos el país de Europa con más trabajos temporales y la mayoría los ocupamos mujeres porque partimos de condiciones peores o nos encontramos en posiciones mucho más frágiles.

Siempre caminando por la cuerda floja, siempre a punto de caer o con miedo, a veces con angustia. Haciendo malabarismos con el tiempo y el dinero, el trabajo –o su búsqueda– los niños, los abuelos, la enfermedad… la vida.

Las respuestas políticas a la crisis no están pasando por ninguna forma de reparto que mejore la situación de la mayoría, sino todo lo contrario. Los riesgos que asumieron los bancos se han convertido en deuda, una deuda que pagamos todas con nuestro empobrecimiento a través de las políticas de austeridad, los recortes en servicios públicos y la degradación de las condiciones de trabajo. No hay trabajo para todas y el que hay es cada vez más duro, por más horas, peor pagado y muchas veces, en condiciones de explotación: no podemos quejarnos, no podemos organizarnos porque la amenaza es el paro y la pobreza.

¿Por qué nuestra situación es mucho más frágil? La desigualdad está instalada en nuestra sociedad y se reproduce muy especialmente en el mundo del trabajo.

¿Qué es un trabajo feminizado? Cuando un trabajo se “feminiza”, es decir, que pasa a ser realizado mayoritariamente por mujeres, sistemáticamente empeoran sus condiciones laborales y de estatus. Son trabajos en el sector servicios –cocineras, camareras, limpiadoras, camareras de pisos, cajeras de supermercado, teleoperadoras– o en el de cuidados –trabajadoras domésticas, niñeras–. Las características de estos trabajos las conocemos: temporales o con jornadas parciales infrapagadas.

Siete de cada diez trabajadores a jornada parcial en el país son mujeres y la mayoría no lo ha elegido.

Los trabajos que están más degradados son aquellos más invisibles. El caso más sangrante es el de las trabajadoras domésticas en el que todavía hoy trabaja una parte muy importante de la fuerza laboral femenina: sin contratos, sin derechos. Muchas de estas trabajadoras domésticas son inmigrantes, porque la ley de extrajería las hace todavía más vulnerables.

Las mujeres también recibimos salarios considerablemente más bajos. De hecho, Madrid es la región con mayor desigualdad salarial del país. No solo los trabajos feminizados están peor pagados, sino que todavía cobramos menos por las mismas tareas.

Por desgracia, la posibilidad de embarazo y los permisos de maternidad todavía implican desigualdad a la hora de encontrar trabajo. Así que el paro también tiene rostro de mujer. Además, hoy tener trabajo ni siquiera asegura salir de la pobreza, ni unas mínimas condiciones de vida. ¿Os acordáis de los minijobs?

Toda esta situación de precariedad laboral tiene consecuencias nefastas en el último tramo de nuestras vidas, a las que llegamos sin pensiones, o con pensiones que a menudo no cubren ni nuestras necesidades básicas.

Nuestras pensiones son un casi un 40% menores que las de los hombres.

Sin embargo, las últimas reformas laborales todavía han empeorado más la situación y este año casi el 80% de los contratos que las mujeres hemos firmado son temporales.

Además de trabajar fuera de casa en condiciones nefastas, también lo hacemos de forma invisible y no pagada en nuestros hogares, pero no siempre por elección. Nos ocupamos de la mayoría de esas cosas que permiten vivir en condiciones: cocinamos, limpiamos, acariciamos, mecemos, nos ocupamos de enfermos y otras personas que necesitan asistencia –que somos todos y todas en algún momento u otro de la vida–. En España hay 1,3 millones de ‘cuidadores’ que hacen gratis esa labor, el 80% de ellos son mujeres. Sin embargo ese trabajo no se reconoce ni se remunera ni a penas cuenta para la pensión. Los hogares han sostenido el recorte de gasto público en servicios sociales y de cuidados –ley de dependencia, guarderías, residencias, educación, salud, igualdad de género, etc.– y están condenando a las mujeres a asumir todas esas tareas extras. Las que pueden, a su vez, externalizan esos cuidados contratando a otras mujeres, generando uno de esos trabajos feminizados mal pagados o sin apenas derechos.

¿Y qué pasa con el sector público que debería asumir parte de esas tareas? En Madrid, en las últimas décadas, el ámbito de la intervención social, al igual que el de la educación o la sanidad, han sido terreno de experimentación de formas de gestión público-privada dominadas por la «lógica de mercado» y la generalización de la precariedad. Lo que ha conllevado, no sólo un empeoramiento generalizado de las condiciones de trabajo, sino también de la calidad de las prestaciones: de la atención sanitaria o de la educación de nuestros hijos.

Pero no sólo es el sector público el que externaliza servicios, esta también ha sido una una fórmula atractiva para las empresas privadas que de esta manera pueden deshacerse de trabajadoras contratadas y de los convenios colectivos. Así sucede en muchos sectores, como por ejemplo en los hoteles, donde se aplica de forma sistemática por ejemplo para quitar derechos a las camareras de pisos. Aunque han proliferado en todos los sectores a través de las empresas multiservicios –equiparables a las ETT de los 90–.

Sí, la situación es difícil, pero si algo hemos demostrado las mujeres en nuestra historia, es que sabemos luchar. No nos resignamos, nos organizamos por nuestros derechos y tenemos propuestas que además, no solo mejorarán nuestras condiciones laborales, sino la vida de todos.

Continúa leyendo: propuestas contra la precariedad femenina…

 


 

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